martes, 5 de febrero de 2013

La noche en que Clara la cagó
o creyó haberla cagado,
su casa quedo muy sucia. 
Había botellas por todas partes 
entre ceniceros improvisados,
un trapo húmedo 
y el aire viciado 
como si a la casa
le costase respirar.
La casa de Clara contrajo un enfisema ese día.
Y estábamos todos juntos
la noche en que la cagó 
o creía haberla cagado,
porque su familia 
había viajado a la costa.
De tanta risas borrachas
acabaron todos peleando 
y eso trajo más risa al lugar.
Pero como la cagó,
supuestamente,
cuando despertó 
atinó en su malestar 
a deshacer primero
todas las camas usadas, 
y al pasar por la cocina 
de camino al lavarropas,
descubrió 
que el piso estaba cubierto 
por una espesa película de barro.
No supo 
(o no pudo) 
interpretarlo 
más que como una metáfora,
y se recostó en el piso,
apesadumbrada y pastosa.
Tres días durmió.
En sintonía con la casa. 
Tres días hundida en un pantano.
Hasta que fue sacudida 
por el recuerdo del brindis.
Habíamos brindado. 
Brindamos 
chocando vasos y copas 
de distintos juegos,
empapándonos hasta inundar la cocina
y llenarla de barro.
Celebramos año nuevo.
Fue el primer brindis de nuestras vidas 
y el mejor de todos.
Debe ser, 
pensó Clara,
porque estábamos en agosto.

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