Un perro muerto en la vereda.
De cerca: una perra atropellada
por un sinvergüenza que no frenó.
Un chico sostiene todavía
la correa que se sacude
en un último movimiento
ligeramente convulsivo.
Rodeando la situación,
un grupo de espectadores
que el chico busca calmar.
Una señora,
muy parecida a mi tía Diana,
insiste en que le hagan
"masajitos de cardio"
al bicho muerto.
Al fin puede
usar la palabra 'cardio',
aprendida hace diez años
mirando una novela.
"¿No ve señora que no se puede hacer nada?"
Se irrita el chico
levantando una pata inerte
y dejándola caer en el aire.
Es obvio que la perra no es suya.
Lo confirmo cuando dice:
"¿Y ahora cómo mierda le explico?".
Unos tipos se ofrecen
a llevarlo a su casa.
La señora se despide
con falsa congoja:
"Lo siento mucho".
Las señoras deberían dejar
de robar protagonismo
en las desgracias ajenas.
Hermosa turbiedad. Nuevamente.
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