jueves, 18 de abril de 2013

Cuando encontraron a Esther fue casualidad. Se sabía que algo pasaba porque las persianas estaban bajas y se escuchaba,sin respuesta, sonar su celular en el interior de la casa cuando se la llamaba desde la puerta de entrada; puerta que se abrió místicamente al colocar en el apuro una llave ajena en la cerradura. (Lo cual dispara la interrogativa: ¿serán los cerrajeros tan estafadores de repetir el mismo patrón de llaves para todo el mundo?).
La hallaron incrustada boca abajo en el espacio entre la cama y la mesa de luz. Probablemente, según dictaminaron en el hospital, se acostó y rodó dormida después de atiborrarse de somníferos y whisky,que ya es sabido que le pega mal.
Fue su primer intento real de quitarse la vida, no como aquél año nuevo cuando dejó sobre la mesa de la cocina una carta a sus hijos firmada con un Post Data con los números de los centros de toxicologìa màs cercanos. Fue un intento secreto y respetable, y sobre todo fue el intento de darse una muerte digna. Eso quedó en evidencia cuando despertó toda entubada, y con los ojos aún cerrados murmuró. La tía Esther, de sesenta y tres años, morocha, sisciliana murmuró a los presentes:
-Qué mal me salió, no como a Marilyn.
-¡¿Qué Marilyn?!, preguntó alguien
- Monroe.

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